La primera vez juegas por el premio, pero pronto descubres algo mucho más importante que el dinero; que cuando juegas, no piensas
El mercado de los juegos de azar creció el año pasado un 25% en España. Aumentan las apuestas deportivas, que se han triplicado desde 2013, pero también el gasto en casinos y bingos, los torneos de póquer y las máquinas de toda la vida. Y se dispara, sobre todo, el sector del juego online. Sólo el año pasado se jugaron en nuestro país más de 17.349 millones de euros, un 30,5% más que en 2017, según el Informe anual de la Dirección General del Juego. En el primer semestre del año pasado, los jugadores gastaron más dinero en internet que en todo el año 2016.
Los ludópatas de hoy ya no se parecen a Francesc. «Yo era un jugador presencial. Tenía que ir al bar, tenía que mostrarme, me veían y yo veía cómo el dinero desaparecía de mis bolsillos. Ahora juegan a través de esto (y levanta el teléfono móvil como quien empuña un revólver en la puerta del banco). Hoy son invisibles, pueden jugar 24 horas al día, 365 días al año, y nadie les ve».
Hace 17 años, los psicólogos estadounidenses Robert Breen y Mark Zimmerman alertaron de que las máquinas tragaperras eran la «cocaína del juego». Hoy, los expertos aseguran que, en realidad, las tragaperras eran como el cannabis. La auténtica droga dura es el juego online. El peligro se ha multiplicado.
«Hoy juegan con dinero de plástico, no ven cómo se esfuman las monedas y encima creen que controlan», cuenta Francesc. «Apuestan y creen que ellos saben tanto de deporte que ganarán. Yo echaba una moneda y no controlaba nada. Hoy el riesgo es infinitamente mayor aunque el fondo siempre sea el mismo».
-¿Cuál es el fondo? ¿Por qué juega un ludópata?
-Por miedo a afrontar la vida, por miedo al fracaso. La primera vez juegas por el premio, pero pronto descubres algo mucho más importante que el dinero; que cuando juegas, no piensas.
En el gotelé de sus oficinas, ubicadas a pocos metros de la Sagrada Familia, cuelga un cuadro con una espiral negra como esas espirales que se prenden para repeler a los mosquitos. En uno de los extremos la espiral del cuadro se parte. «Justo aquí entro yo», dice. «Cuando la espiral se rompe».
A las seis de la tarde hay terapia de grupo en la sede de Acencas y uno se imagina una escena como las de las películas.
-Hola, me llamo Kevin y soy adicto.
-Hoooola, Keeeeevin.
-Te quereeemos, Keeeeevin.
A Kevin le llamaremos Sergi. O Carles. O Víctor. O Joan. (Los nombres sí son ficción). En esta película se sientan seis hombres en círculo, en sillas de oficina junto a un árbol artificial de Navidad que alguien se olvidó de recoger en enero. No hay donuts ni jarras de café. Sólo un paquete de chicles que va rulando. Todos son adictos al juego, salvo uno, adicto al alcohol y la cocaína. «El mecanismo es el mismo. Lo que engancha es la desconexión», insiste Francesc. «Nadie juega por el dinero, igual que nadie es alcohólico por el sabor del alcohol».
Durante cerca de una hora los seis hombres van compartiendo su tragedia particular interrumpiéndose unos a otros pero dibujando sin darse cuenta un único retrato de la ludopatía:
«Empiezas jugando por casualidad. Con el cambio, porque juegan tus amigos... Hasta que un día tienes la mala suerte de que te toca el premio gordo».
«Ese día te gastas 100 euros y te vas a casa con 400. Sales del bar con un subidón, pero antes de llegar a casa te lo gastas en los tres bares siguientes».
«El juego es como una amante. Cuando tienes problemas, juegas. Cuando estás feliz, juegas. Si estás tenso, juegas. Si estás desesperado, juegas».
«Llega un momento en el que ganar o perder te da igual. Incluso si ganas pronto, te enfadas porque lo que quieres es seguir jugando».
«Y al final lo pierdes todo. El trabajo, la familia, la dignidad. Lo pierdes todo por nada, por una fantasía de éxito».
«Entonces sólo quieres que se acabe. Piensas: ojalá me pillen. Pero no pides ayuda hasta que tocas fondo. Hasta que te pillan y alguien te obliga a venir».
«Nos creemos hombretones y no somos ni hombres de verdad. Cuando llegas a terapia es porque ya no te conoces ni a ti mismo».
Está el día que te gastas 1.800 euros en una hora. Cuando vuelan 50.000 en un día. Cuando te dan las 5 de la mañana delante del ordenador. El día que tu mujer creyó que tenías un hijo secreto o cuando en casa pensaban que te lo gastabas todo en putas. El día que compraste una thermomix y tu familia vio tal boquete en la cuenta que creyó que habías recaído otra vez.
-¿Cuál es el caso más dramático que ha conocido?
-Vino un hombre que se había apostado a su mujer.
Los seis pacientes de Francesc son hombres. Todos responden al perfil tipo. Un 87% de los jugadores en España son hombres, la mayoría (un 39,4%) varones de entre 26 y 35 años. Los que se engancharon a las tragaperras o al bingo son más mayores y de clase media baja. Los que juegan online tienen más dinero y son cada vez más jóvenes.
Rafa (le llamaremos Rafa) tiene 21 años y empezó a jugar cuando apenas era mayor de edad. Primero en una sala recreativa, después desde su teléfono. Se enganchó a un casino online y acabó apostando en cada jornada de Liga. Cuando sus padres le llevaron a hablar con Francesc, ya había perdido casi 15.000 euros.
«Si ganas, sientes que eres el mejor del mundo. 'Lo he hecho, lo he conseguido yo solo'. Cuando pierdes, eres lo peor... Pero en un rato ya crees que podrás recuperarlo, que volverás a ser el mejor otra vez. Crees que un día sonará la campana y te harás rico», cuenta. «Hay gente que escucha música para evadirse o conduce rápido para sentir otras emociones. Yo sustituía el vacío de felicidad apostando».
El número de usuarios activos al juego por internet en 2017 (última referencia del Ministerio de Hacienda) era de casi 1,4 millones y el gasto medio, de 32 euros al mes, 7,39 a la semana. Las campañas de marketing y patrocinio se han triplicado en los últimos cinco años y en paralelo no deja de aumentar el número de casas de apuestas que abren en locales de toda España.
Ya hay más de 3.000 establecimientos. La fórmula siempre es similar. Abren en las zonas económicamente más deprimidas de cada ciudad. Las puertas están tintadas como las lunas del coche de un ministro y dentro no hay ventanas, así que uno acaba por perder la noción del tiempo. En el interior suele haber comida y bebida mucho más barata que en el bar de la esquina. Sándwiches y perritos a un euro, copas a cuatro euros. «Porque te gusta jugar a lo grande», dice un cartel en la puerta. «Porque en emoción siempre ganas». «Porque confías en ti».
Sólo en Madrid, el número de salones de juego se ha duplicado en los últimos cinco años y en los distritos más pobres el aumento alcanza el 500%.
El juego es como una amante. Cuando tienes problemas, juegas. Cuando estás feliz, juegas. Si estás tenso, juegas. Si estás desesperado, juegas
«Una máquina de juego en la calle, una cualquiera, es una empresa con cuatro socios», explica Francesc Perendreu como si fuera un profesor de escuela. «El primero es el dueño del local, que se lleva el 50%. El segundo, el operador de la máquina, que se lleva otro 50%. El tercer socio es la Administración, que chupa de todos. Y el cuarto ya sabéis quién es... El jugador es el único que llena, el que hace ganar a los otros pero nunca retira sus dividendos. Siempre los vuelve a poner para que los otros sigan ganando. Esto es el juego... Y el juego online funciona igual, pero sin el bar».
-¿Cómo se pone freno a esta escalada?
-Hay que regular el sector porque prohibirlo no sirve de nada. También hay adictos a la comida y no prohibimos los mercadonas. O adictos al sexo... Prohibir el juego sólo generaría un mercado negro más peligroso. En España hay campañas de prevención por el tabaco o el alcohol porque los costes sanitarios son altísimos. Pero, ¿qué coste tiene la ludopatía para la Administración? Si el principal empresario del juego en España es el Gobierno... Lo que hay que hacer es evitar que esto sea jauja y regular un negocio que cada día atrapa a más chavales. Nadie te puede decir 'juega, juega, juega, gana, gana, gana' porque es falso. No ganas.
Mientras llega esa regulación, cerca de 46.000 jugadores se han inscrito en el Registro General de Interdicciones de Acceso al Juego, el listado de adictos que solicitan voluntariamente que se les prohíba jugar. El año pasado las altas crecieron un 40%. El 53,9% de los nuevos inscritos tenía entre 18 y 35 años.
-Francesc, ¿ha vuelto a jugar alguna vez?
-Me compro un décimo de Lotería en Navidad y no me toca en la puta vida.
-¿Y ha tenido miedo de recaer?
-Ahora ya no. Pero sí lo he tenido. Cuando llevaba año y medio sin jugar, fui una noche a bailar con mi mujer. De repente sonó una conga y era la misma música de las máquinas a las que yo jugaba. Me giré de golpe. Me asusté tanto que decidí dar el paso para ayudar a los demás.
En una ocasión, el joven se cabreó con su padre por regañarle y comenzó a lanzar piedras contra los cristales de los vecinos. Fue llevado a comisaría pero puesto en libertad a las pocas horas, donde le volvieron a aconsejar que tratara su problema de adicción.
Esa misma noche al regresar a casa el joven desoyó los consejos y siguió jugando, ante la insistencia de su padre que volvía a regañarle y le pidió que se fuera a la cama. Unas horas más tarde, a las 5 de la mañana, Raghuveer se levantó, encerró a su madre en una habitación, y acudió hasta donde estaba su padre para cortarle una pierna y finalmente decapitarle.
Las autoridades acudieron al lugar ante la llamada de la madre, pero no pudieron hacer nada por salvar la vida del hombre. El joven fue llevado a comisaria acusado de homicidio.
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Son espacios por tanto oscuros, ya que, según otra de las integrantes, Natasa Lekkou, “esto es lo que funciona en los ludópatas. Si, por ejemplo, pones una tragaperras en un sitio abierto no va a funcionar porque no existe ese aislamiento. En un espacio abierto, tendría menos impacto en el jugador que en espacios con una mayor privacidad. Es un paralelismo con ver una peli porno, estoy haciendo algo que sé que es un poco malo, pero tengo una necesidad de hacerlo y de estar solo”.
La arquitecta griega Lekkou, resalta que estos “no son espacios para socializar. Son juegos para ir solo y estar en soledad. Están relacionados con la soledad en las ciudades. Son para el individuo y para gente que se siente sola y no tiene o no encuentra una motivación real en la vida, invierte su tiempo en algo que le puede generar placer. No hay asientos para sentarte con más gente, hay una sola silla por máquina. El bar suele estar separado de la zona de juego, porque el espacio de los juegos es individualista, y la barra es el espacio de socializar. La zona de juego está solo pensada para que cada uno vaya a un puesto. Además, para poder consumir, tienes que jugar, y luego incluso te invitan a la bebida”. “Estos espacios no dan pie a compartir mucho” aporta Leonor Martín.
El joven arquitecto indio, Akshid Rajendran, cree que la concepción actual de los salones de juego ha cambiado, ya que según él “antiguamente las ruletas estaban diseñadas para jugar con varias personas y socializar. Pero ahora no. Ahora los jugadores tienen una pantalla individualiza para cada uno. Estos elementos de diseño de concentración, favorece la ludopatía. Da igual la marca de la casa de apuesta, todos repiten estos elementos”.
En comparación con la situación de su país, la arquitecta griega señala que “en Grecia, es todo lo contrario. La gente va a socializar, como lugar de encuentro. Hay mesas redondas en el centro para socializar. Incluso, no es como aquí, ya que cada vez hay más mujeres también. No es un espacio para aislarte y simplemente jugar, es un espacio de paso para hablar con tus amigos, vecinos… y luego irte” y se sorprende con la situación de las tragaperras en España: “En Grecia nunca ha habido máquinas tragaperras, por ejemplo, y ahora las están introduciendo, pero a la gente les parece mal e incluso se han movilizado para que las quiten porque, por un lado, creen que no tienen sentido en esos espacios, y por otro lado, creen que ensucian el ambiente. No es un elemento bien visto en una capital como Atenas”.
En cuanto a la legislación del país heleno, señala que es diferente a la de nuestro país: “Para empezar, estos espacios son estatales y está controlada la manera de cómo se diseñan estos espacios. Además, los casinos no están dentro de las ciudades. Están legislados para que estén a las afueras. Tienes que desplazarte para poder ir. Incluso, es obligatorio que dos de las cuatro fachadas tengan vistas a la calle”.
Al ser preguntada por la oscuridad propia de estos sitios, Martín comenta que “las fachadas son opacas para que desde el exterior no se sepa lo que está ocurriendo dentro. El único acceso de luz es la puerta. Además, la fachada suele tener diferentes filtros, no hay una entrada con una visión amplia del espacio, nunca al entrar tienes una visión completa del lugar. Ciertas fachadas permiten ver solo las pantallas de televisión que emiten eventos deportivos, a modo de reclamo, pero nunca a las personas que hay dentro”.
Issues!Office denuncia que dentro de estos espacios existe una especie de atemporalidad, de pérdida de noción de tiempo. Leonor Martín lo explica de la siguiente manera: “Dentro de estos espacios el tiempo se para. No sabes las horas que han pasado porque no hay luz natural. Tampoco hay presencia de relojes. Pierdes la vinculación con el exterior”.
"En primer lugar siempre están las apuestas deportivas, en segundo lugar, las ruletas"
Además, señala que en este tipo de espacios también es importante donde se sitúa cada máquina de juego, ya que unos generan mayor privacidad que otros y esto se retroalimenta con la noción de tiempo. Así, ellos han detectado que en espacios con varias modalidades de juegos de azar y apuestas, “en primer lugar siempre están las apuestas deportivas, en segundo lugar, las ruletas, y en último lugar las tragaperras. Esto suele estar asociado al tiempo que está un jugador en este tipo de modalidad. Las apuestas deportivas son más rápidas y en las tragaperras sueles estar más tiempo jugando. Cuando hay bingo, está en el último lugar. Es a donde más te cuesta llegar porque es donde más tiempo vas a pasar”.
Algo que según ellos está intrínsecamente relacionado con el tiempo en los salones de juegos es la comodidad de los mismos. Martín señala que “los asientos son bastante cómodos, de cuero y acolchados. Puedes estar sentado una hora perfectamente sin que te entre la necesidad de irte. El uso de la moqueta está asociado a no ser molestado. El sonido está bastante controlado con el uso de la misma. Existe un control también de la temperatura, para que sea confortable. El consumo de comida y bebida gratis y el poder consumir tabaco dentro hace que no tengas la necesidad de salir al exterior. Es hacer sentirte como en casa” dice comenta Martín. “La moqueta es un elemento muy asociado a la comodidad. Da calor cuando hace frío o estamos acostumbrados a verlo en espacios de lujo.
Además, es un elemento que absorbe el sonido. Son espacios de relativo silencio. Fomenta un runrún de fondo, ya que cuando hay un silencio absoluto, es difícil concentrarte por completo. Además, si no existiera ese runrún, tendrías la sensación de estar jugando solo y entonces te preguntarías si estás varias horas solo. Siempre hay la sensación de sonido continuo que te envuelve y te hace sentir a gusto”.
Es llamativo, que mientras existe un exhaustivo control por parte de los trabajadores de estos establecimientos hacia los jugadores, existe un vacío de control parental en los mismos, que explica porque van tantos menores de edad a los mismos: “Existe un centro de control. Los camareros tienen cámaras donde ven en todo momento si la gente no está jugando, qué tal le va la jugada para invitarle a más bebida. Dependiendo del tamaño del lugar puede haber más de un punto de control para ver si los jugadores están jugando y como les va” explica Leonor Martín. “Es paradójico, porque la gente igual sabe que están totalmente controlados y grabados por cámaras, pero la gente va ahí para no ser vistos desde fuera” reflexiona Akshid Rajendran.
En referencia a la falta de control parental en estos lugares y el auge de adolescentes en los mismos según los datos, Martín señala que “la explicación es simple: para apostar de forma online necesitas una cuenta corriente, asociada a un mayor de edad. Sin embargo, en estos espacios no necesitas a tus padres para entrar, en la mayoría no te piden ni el DNI para poder entrar. Es un espacio de total privacidad, sin el control de los padres”.
Por último, todos coinciden al afirmar lo “dañino” que son este tipo de establecimientos para los barrios, haciendo una crítica de la publicidad que emiten de cara al exterior y la opacidad de los mismos en la arquitectura de los barrios.
Por un lado, afirman que el impacto visual de los mismos “no es lo más agradable para personas con problemas con el juego, ya que no deja de estar apelándoles y a relacionarlo con situaciones atractivas, sobre todo, cuando lo asociamos con figuras del fútbol. Sin ir más lejos Codere es patrocinador del Real Madrid y esto está presente” sentencia Martín.
Por otro lado, Lekkou denuncia la opacidad de los mismos: “Además, las fachadas de nivel cero, es importante, que para que se crea vida en el barrio, que no sean opacas y lugares abiertos. Por lo que estas fachadas son solo un muro. A nivel de vida social de barrio es malo. No puedes saber lo que ocurre dentro, bloquean la vista. Leonor Martín añade que “Estos espacios solo se comunican con un tipo de persona, la que está interesada en el juego. Pero para el resto de la población, es una especie de caja negra en la vida de nuestros barrios que no tiene mucho sentido”.
Por último, sentencia “que perjudica al comercio local. Frente a unos alquileres abusivos y comercios de toda la vida que no han podido reinventarse o que han sufrido la gentrificación, llegan este tipo de empresas con un gran capital y compran y reforman locales. Esto afecta la vida de barrio a nivel de comercio local. Además de ser un ocio privado. Que no revierte en la economía local ni fomenta las relaciones personales que genera el comercio tradicional.”
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